La astronomía es un campo fascinante.
Nos permite entender mejor quiénes somos y qué lugar ocupamos en el universo.
Interesarse por las astronomía es tan sencillo como salir y mirar el cielo por
la noche. De hecho ese sencillo acto que hoy día los que viven en ciudades ya
casi han perdido (casi nadie sabe hoy día buscar la estrella polar) lo llevan
realizando los seres humanos desde hace milenios.
Lo primero que debemos tener en cuenta es que cuando vemos
las estrellas lo hacemos desde un punto de vista determinado (nuestro planeta),
eso condiciona lo que vemos, y nos ha hecho pensar, por ejemplo, que todo
giraba alrededor nuestro (geocentrismo). El geocentrismo ha sido la
concepción más extendida y habitual en la mayoría de culturas y épocas
históricas. Es normal puesto que el movimiento siempre es relativo a un sistema
de referencia y nosotros no vemos moverse a nuestro planeta. Sin embargo sí que
vemos que se mueve el sol, las estrellas y otros objetos “en” nuestro planeta.
Por lo tanto lo normal y sencillo fue concluir que nuestro planeta no se movía.
Hubo algunos defensores del heliocentrismo en la antigüedad (Aristarco de Samos
s. III a. C.) pero fue algo testimonial. Prevaleció el geocentrismo hasta el s.
XVI en que con Copérnico comienza la Revolución científica.
Pero ¿y qué pasaría si saliéramos a mirar las estrellas
por la noche? Pues si escogiéramos un lugar apartado y sin contaminación
lumínica (las montañas son ideales), veríamos muchas estrellas. Unas brillan
más que otras (magnitud) y algunas podríamos agruparlas por su
proximidad y la forma que sugieren (constelaciones). Al cabo de estar
mirando un poco nos daríamos cuenta de que se mueven. Pero lo hacen todas
juntas. Es decir no se mueven unas respecto de las otras (también lo hacen pero
con el paso de miles de años), salvo que viéramos una estrella fugaz.
Con el paso del tiempo (siglos y milenios) nos dimos cuenta
de que algunas estrellas eran “especiales”. Los planetas. El término
proviene del griego (planetes=vagabundo o errante) porque enseguida se
percataron de que había algunas estrellas que se comportaban de forma
diferente. Hacían movimientos extraños. No avanzaban siempre a la misma
velocidad, incluso en ocasiones volvían hacia atrás (retrogradación). Un
comportamiento “errante” difícil de explicar.
Eudoxo de Cnido (408-355 a. C.) es un seguidor de Platón y su Academia que
para explicar los movimientos de las estrellas crea la hipótesis de las
esferas. Supone para explicar los movimientos de los astros que observamos
en el cielo una esfera que sirve de “vía” para cada astro como camino por el
que se mueve.
Y por fin llegamos a
los epiciclos y deferentes. Se trata
de un par de recursos explicativos que aparecen en la obra Almagesto de Claudio
Ptolomeo (s. II d. C.). Dicho libro fue una referencia principal de
astronomía durante unos mil años (imagina su importancia). El sistema
Ptolemáico-aristotélico que describe el cosmos de modo geocéntrico estará en vigor
durante unos mil años hasta la Revolución científica iniciada con Copérnico y
su De revolutionibus orbium coelestium (Sobre los giros de los orbes
celestes). Dicha obra fue terminada
en 1531, pero no publicada por miedo hasta 1543, justo antes de la muerte de
Copérnico. Lo de pensar diferente en esta época, no era cosa de broma, podía
costarte la vida por hereje.
Y por último
la retrogradación es un movimiento aparente que observamos en la órbita
de los planetas. Vemos como en ciertos momentos retroceden temporalmente para
después volver a avanzar en la misma dirección que lo hacían antes.
Muchos de los movimientos que observamos en el cielo no son
propios de éste, sino que son el reflejo de los que efectúa la Tierra. Así la
revolución diaria de la bóveda celeste es una consecuencia óptica de la
rotación de la Tierra y el movimiento anual del Sol lo es de su traslación.
Los movimientos retrógrados de los planetas son una simple
apariencia óptica (eso lo sabemos hoy, pero durante mucho tiempo trajeron de
cabeza a los astrónomos y científicos) derivada de sus movimientos directos y
de la traslación terrestre. Este fenómeno se explica así de manera simple sin
necesidad de ningún artificio (epiciclos y deferentes). Cuando se ve
retrogradar un planeta, no es que éste cambie el sentido de su marcha, sino que
la Tierra, desde la cual lo observamos, lo adelanta o es adelantada por el planeta
(dependiendo de si se trata de un planeta exterior o interior), debido a la
diferente amplitud de su órbita y por eso parece que aquél vaya hacia atrás.
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